Un fraile, dos frailes, tres frailes… 0
Había hecho todo lo posible por mantener una relación estable con un chico y no encontraba la forma. Me había entregado por entero a varios. Enseguida me di cuenta de que se trataba de pasar una época juntos follando y buscar el cambio. En mis dos últimas relaciones fue distinto. A Fede le exigí fidelidad; tanta como yo le di… pero la cosa no duró. Y lo de Isidoro fue mi remate. Su constante cuidado por mí, sus caricias (aparentemente) sinceras; un cariño que no había encontrado en nadie… Dejé mi vida en sus manos; dejé a mis otros amigos; dejé… Tuve que dejar de pensar que iba a encontrar una relación estable. Estuve más de un mes traumatizado cuando lo encontré en mi propia casa follándose a un chavalito de poco más de dieciocho años. Podía comprender que le atrajese tanta belleza y tanta juventud; a mí también me atraía y sigue atrayéndome, pero tuve también oportunidad de hacerlo y dos cojones para evitarlo porque lo amaba.
Cuando empecé a salir normalmente y volví a notar las miradas insinuantes de los chicos, quise correr a casa, encerrarme y no volver a salir más. Sin embargo, tomé de la mano a Juan José, virgen, y me lo llevé a casa. Pude comprobar por mí mismo que a sus 20 años no había tenido ninguna relación. Me insistía en que sólo se había hecho montones de pajas pensando en algunos amigos de la facultad, pero lo descubrí, como digo, por mí mismo: ni siquiera sabía cómo cogérmela para masturbarme y tuve que desistir de penetrarlo porque me rompía el corazón oír cómo reprimía sus quejidos y todo su cuerpo se estremecía y temblaba sin haberle metido ni siquiera la punta. Acabé haciéndole una mamada que me dijo que quería repetir y me dejé hacer una paja «sui generis» que, más que darme placer, lo complació a él. A la segunda llamada insistente para que nos viésemos para follar, me vi enseñando a un verdadero chico novato que, con toda posibilidad, acabaría follando también con otro para mostrarle sus nuevas habilidades. No soporté su insistencia – aunque no fue tanta – y decidí hacer lo mismo que hizo mi tío: ingresar en un convento y retirarme del mundo.
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